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18/06/2011
BELGRANO: LA PATRIA EN CELESTE Y BLANCO

General Manuel Belgrano
Nuestro país tiene una pasión casi necrofílica para recordar a sus hombres más valiosos. Siempre los homenajes coinciden con su desaparición física, y no con su natalicio o la realización de su obra cumbre. Y Manuel Belgrano no es la excepción. Se hace coincidir su muerte con la promulgación del día de la Bandera, como si esa fuese su máxima realización.
Y no es que desconozcamos la importancia que el símbolo patrio tiene entre nosotros, más allá de los festejos deportivos, y las declaraciones de presunto patriotismo en el escenario de la función pública. Porque la verdad, no nos han enseñado con ejemplos a querer a nuestra bandera. Ha sido violada y usurpada por los gobiernos genocidas que han hecho uso y abuso de su usufructo.
Belgrano tiene que ser recordado, no solo por la creación de la enseña patria, sino por la categoría de prócer notable al ser uno de los hombres que comandó la emancipación americana, notable economista, precursor del periodismo nacional, impulsor de la educación popular, la industria nacional y la justicia social. Se trató nada menos de un ideólogo de la subversión americana y no conviene que desde la más tierna infancia nuestros niños no aprendan a honrar la memoria de pensadores, innovadores y revolucionarios que nos legaron un país libre y soberano.
Se omiten muchas cosas de Belgrano. Por ejemplo que nació rico, pero que murió pobre porque invirtió todo su capital en la revolución. Incluso reclamó sus sueldos atrasados de $40.000 oro, y que pidió que sean aplicados en la construcción de escuelas, y que le fueran robados por los administradores de la administración pública.
Las ideas de Belgrano estaban cargadas de profunda sensibilidad social. Belgrano fue el primero por estos lares en proponer a fines del siglo XVIII una verdadera reforma agraria basada en la expropiación de tierras de los grandes latifundios para entregarla a los desposeídos. En 1798 escribía el primer proyecto de enseñanza estatal, gratuita y obligatoria.
Desconfiaba ya en ese entonces de la riqueza fácil que prometía la ganadería porque daba trabajo a muy poca gente, no desarrollaba la inventiva, desalentaba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos. Se necesitarían decenas de columnas como esta para reseñar la notable obra de uno de los más postergados hombres de la Revolución de Mayo.
Por eso quiero ahora dedicarme a su creación más recordada, que es nuestra Bandera. Ese jirón del cielo que está clavado en el centro de los múltiples patios anónimos que pueblan nuestra memoria y la geografía de nuestro país. La Bandera como insignia, o como señal de identidad ha tenido siempre para nosotros una singular importancia. Está ligada a los afectos de la infancia a través de la candidez de la escuela primaria, con sus ceremonias cotidianas y sus cuadernos borroneados, en los que para pintar sus bandas terminábamos mezclando el azul con el blanco hasta lograr el color más parecido al cielo que espiábamos de reojo por la ventana.
Me estoy refiriendo a la bandera de todos. La que se abre paso en los desfiles. La que se clava con el último esfuerzo al alcanzar la cima de la cumbre más alta. La que cubre los ataúdes de los que dando la vida por ella, la dieron por nosotros. La que cuelga en los balcones en los días festivos. La que se llevaron a la eternidad pintada en el corazón los soldados de Malvinas. La que el pueblo izó en la Plaza de Mayo en 1983, cuando la rescatamos todos de las manos usurpadoras de la dictadura. La Bandera que une. Que dignifica. La que protege. La que nos hermana por encima de nuestras diferencias. La que pintan en las chapas de las villas miserias que nos recuerdan que habitan bajo este mismo cielo, que sufren y que necesitan hoy más que nunca, de una mano solidaria.
La bandera es una sola. Sucede que cada uno le pinta los colores y le dibuja los símbolos que son sus huellas del alma. Pero cuando está desnuda de todo ornamento, es esa misma bandera la que se agita en estos días, celeste y blanca en manos temblorosas, para festejar la vida, para espantar la muerte, para profundizar la democracia que supimos conseguir.
Por eso, luego que el 25 de Mayo del Bicentenario nos mostró una especie de renacer de los símbolos patrios, en cado uno de nosotros repetiremos nuestra cita de honor el próximo 20 de Junio." Aquí está la bandera idolatrada que Belgrano nos legó...". Que no sea en vano.
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