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INTERÉS GNERAL
GLOBALIZACIÓN Y FÚTBOL: ¿NACE UNA NUEVA RELIGIÓN?
Los fenómenos sociales siempre han sido complejos. Toda actividad humana donde está en juego la pasión, eleva al hombre al «altar» de las vanidades o a la degradación de sus miserias. En estos momentos gran parte de la humanidad está entregada a un juego emocional de resultados y posibilidades donde se mezclan sentimientos de «seudo» patriotismo, identidad nacional, pertenencia de estilos propios y casi un juego de ajedrez, pero con los pies.
Por supuesto que el fútbol, ya que de él estamos hablando, es eso y mucho más. A pesar de su gran crecimiento en expansión gracias a la tecnología televisiva, lo que le permite a la vez ser un gran negocio internacional, el fútbol es considerado en algunos círculos sociales como rama «inferior» del deporte por su asociación con hechos de actitudes poco civilizadas por parte de sus adherentes visuales, llámense espectadores directos o indirectos a través de los medios audiovisuales.
Y esto lo digo, porque el fútbol y el espectáculo global del mismo, ha despertado una pasión en las multitudes, en medio de inmensa crisis de fe en todas las religiones, rayana en un sentimiento cuasi-religioso. Algunos opinan que es una expresión de la «contracultura». Otros que es una «fiesta pagana», o una especie de «circo romano» donde los supuestos gladiadores (o sea los futbolistas), se juegan a todo o nada por una enseña partidaria si se trata de clubes o del honor nacional si se trata de competencias internacionales.
¿Y por qué digo que es una liturgia cuasi-religiosa? Veamos. El espectáculo se desarrolla en los «templos» sagrados llamados estadios. Donde los fieles se ubican en las tribunas o gradas, y los «sacerdotes» o dirigente más importantes están en el «pulpito» (palco oficial). También tienen un «pontífice», o sea el presidente de la F.I.F.A., con sus respectivos «cardenales» o sea los presidentes de cada Asociación.
Y para más datos la escenografía comparativa se completa con la liturgia de la «misa cantada» que son los himnos respectivos. En nuestro país, la idiosincrasia de nuestro pueblo, la única religión que permite reunirse bajo un mismo sentimiento, es el fútbol.
Por eso el fútbol y el tango en la Argentina son los sellos distintivos que marcan un estilo de país. Por supuesto así como en las religiones fundamentalistas, hay casos de excesos de pasión en el fútbol, el sentimiento por una divisa es muchas veces superior al que siente por la sociedad que lo contiene. Y puede llegar a actitudes desesperadas donde los límites de la razonabilidad se confunden en una matriz de de primitivismo atávico irreconciliable.
En nuestro país casi como «segunda religión» transformó la cultura de masas en el siglo XX. Hasta que hubo un hecho que lo transformó, que fue la simbiosis de deportivo con lo político.
Hasta 1940 más o menos, no tenía ese carácter de «movimiento de masas» ni pasiones subalternas. Luego se asoció más profundamente al pueblo durante el primer peronismo; luego se «amoldó» a la modernización autoritaria del «fútbol espectáculo», de la década del «sesenta», y posteriormente fue utilizado en los setenta y principios de los ochenta por la dictadura como «pantalla de un genocidio». Y a partir de los 90, se convirtió, tecnología mediante en la privatización de la emoción popular.
Pero hay dos clases de «feligreses» en esta nueva religión: o sea dos clases de «hinchas». Unos de los respectivos clubes, que comparten el escenario con los jugadores y, los dirigentes, donde dejan su individualidad como «persona» para convertirse en una asociación «tribal», con jefes propios, con una infraestructura propia de logística para sufrir o gozar con una derrota o un triunfo. Y si es necesario para dar batalla a las «tribus» adversarias.
Otra cosa es el «hincha» de la Selección Nacional que tiene un componente más familiar o menos agresivo, salvo los cánticos alusivos. El marco familiar homogeniza el comportamiento y si bien la pasión es la misma, no llega a la «religiosidad» de la enajenación de la individualidad. Incluso los del «primer grupo» o adictos, ofrecen sus trajinados cuerpos en odiseas maratónicas para si es necesario inmolarse para satisfacer a sus dioses «paganos».
Lógicamente que como toda actividad que mueve millones de personas hay intereses creados detrás que se aprovechan para despertar el siempre latente deseo de una sociedad de consumo, que con tal de «pertenecer» a alguna «logia» o «religión» o cruzada deportiva, aporta el sujeto necesario para mover ese inmenso mercado que es el fútbol globalizado.
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