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05/09/2011
EL SÍNDROME DEL BIPARTIDISMO
La política argentina ha pasado por muchísimas etapas de estereotipos de imágenes de partidos que nacieron en el vientre de una incipiente Nación. A la lucha fratricida de Unitarios y Federales, le sucedieron regímenes autocráticos conservadores que fueron legitimados por las fuerzas armadas de la época y que finalmente terminaron en el decurso de la Historia entregando el poder a organizaciones partidarias nacidas del voto popular.
Sin contar desde luego, la interrupción constante por los golpes militares. De cualquier manera nuestro país en el último medio siglo, fue disputado políticamente por dos fuerzas bien diferenciadas: el Radicalismo y el Justicialismo. Y si bien ambos tienen raíces populares, hay diferencias bien notables, pues el partido de Yrigoyen y Além fue impulsado en los movimientos sufragistas de principios del siglo XX e impulsado por una burguesía pequeña en ascenso que le permitió llegar al poder a través de elecciones limpias y de una institucionalidad democrática. Por su parte el Justicialismo, surgido al calor de la industrialización de la posguerra (la masa obrera, como sujeto activo de la justicia social) e impulsado por los migrantes internos, utilizó la democracia electoral como vía para avanzar hacia la democracia social.
Por eso desde hace medio siglo la competencia electoral ha sido Peronismo vs Radicalismo. Hoy se habla de partidos de centro izquierda y de centro derecha, a pesar de que los dos tienen como carácter movimientistas, surgidos de la tradición populista.
Después de la crisis de representatividad del 2001, muchos gritaron en las "asambleas populares" ¡Que se vayan todos! ¿Y que pasó? No sólo no se fueron sino que volvieron muchos. Y comenzamos a vivir un bipartidismo imperfecto, pues el Peronismo se dividió en varias vertientes, y el Radicalismo sufrió como siempre, sus internas divisionistas.
Hoy a casi cuatro meses de las elecciones, el juego peronismo-radicalismo parece haber revivido con intérpretes que han sufrido alguna metamorfosis, como para aparecer como lo "nuevo" en la política, sobre todo teñido de algún signo de seudo progresismo.

Presidenta Cristina Fernández
de Kirchner
Hoy a varios años del Pacto de Olivos que significó en apariencia el final del bipartidismo, y que había continuado con el ascenso de la Alianza y su posterior fracaso, es que tenemos dos candidatos a presidente, como Ricardo Alfonsín y Cristina Kirchner, liderando mal que bien ambas fuerzas que a través de las últimas décadas se disputaron el poder.
La pregunta es entonces, ¿volvió el bipartidismo como una fuente de poder democrático? ¿Por qué las terceras fuerzas no logran articularse como opción y que solo pueden llegar a obtener una porción mínima del poder en alianza con la fuerzas mayoritarias? A pesar de que el ruido que hacen estas terceras fuerzas, no logran progresar en el imaginario colectivo por ausencia de una articulación nacional y por factores institucionales que no les permiten llegar a las bancas del Congreso por el sistema provincial de elección de los legisladores .Hay provincias que están sobre representados, porque por ejemplo La Rioja no puede tener la misma cantidad de Senadores Nacionales que Santa Fe. Pero no solo el diseño institucional explica la poca representatividad de las terceras fuerzas.
Las provincias argentinas han tenido siempre un sistema político muy autónomo. Así tanto como el PJ como la UCR se han constituido como confederaciones de partidos provinciales, verdaderas alianzas intrapartidarias entre las élites.
Por eso los pequeños partidos o los nuevos por nacer no tienen chances de "colonizar" el interior porque ya está el territorio político ocupado.

Ricardo Alfonsín
En determinadas sociedades el bipartidismo promueve y garantiza cierta estabilidad: porque dos fuerzas compiten por el electorado.
Y quien ejerza el gobierno debe someter sus iniciativas al control de un solo partido en el Congreso, lo que implica trámites parlamentarios más previsibles.
Pero hete aquí que en estos momentos, el Congreso también está constituido por los dos partidos tradicionales, pero que hacen alianzas de interés político con las fuerzas minoritarias que suelen ser decisiva a la hora de resolver cuestiones fundamentales.
La contracara del "bipartidismo" es que el electorado independiente, cansado de desperdiciar su voto en terceras fuerzas que nunca alcanzan el poder, terminan eligiendo a una de las dos fracciones mayoritarias de los partidos tradicionales. El bipartidismo se ajusta mejor a situaciones en las que las identidades políticas no son tan diferentes. Pero hoy en la Argentina casi podría asegurarse que con la constitución, y la plataforma de los dos partidos con sus alianzas, estamos frente a una elección cuya opción será votar no por dos plataformas, sino por dos modelos de hacer política con orientaciones bien marcadas. Hoy la elección se juega más en el campo "ideológico-económico", a pesar de que la representación tenga el signo partidario
Ya los liderazgos mediáticos han perdido peso específico porque la sociedad aumentó su nivel de percepción en cuanto a localizar donde puede ser el camino más positivo.
De cualquier manera las fórmulas a enfrentarse en Octubre representan un triunfo de la autonomía política que de una correlación de fuerzas sociales en disputa.
Las diferencias son bien notorias. La consigna de este justicialismo es "más Estado" en cada acción de Gobierno. La pátina kirchnerista que cubre "este" peronismo, es una de las formas lógicas con las que el peronismo construye su capacidad innata de construir representación política en tiempo y forma. Solamente un peronista disidente y diletante puede sostener el mito de un peronismo que represente a todo el arco justicialista, porque precisamente la virtud, si se le puede llamar así, del peronismo ha sido la captación del sigo de cada tiempo, y de las representaciones hegemónicas posibles.
Alfonsín por su parte podría haber aspirado a representar a una centroizquierda sin sujeto o en convertirse en ese algo tan abstracto de lo nuevo en la democracia, imprevisto giro a "la derecha", manifiesta una debilidad congénita del radicalismo a la hora de definir posiciones absolutas sin perder la coherencia ideológica.
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